Como superar 5º de EGB con una talla 100

Publicado en por anaessat

Para escribir mi historia he considerado oportuno partir desde un punto destacado, un punto de inflexión en el cual considerara que mi vida de mujer había empezado. No es sencillo elegir este punto. Hay muuuchos puntos de inflexión en la vida de las mujeres, muchos hechos que te hacen “sentir mujer”. Ya empezamos con los tópicos... Pues bien, sin ánimo de tipificar nada empezaré por la primera vez que me ofrecieron papel para entrar a un water público. Ya saben, la típica frase de la apañadita de turno que siempre lleva de todo en el bolso y que te pregunta cuando te acompaña al baño...

 

-         ¡Oye, mari! ¿Quieres papel?

 

¿? Lo curioso de hoy en día es que muchos/as creerían que el papel es para fumárselo...

 

¡Pero noooo, ya sabemos que es para secarte después de hacer pipí! Pero es que a mí me ofrecieron eso con ¡¡9 años!!

La verdad es que en ese momento no entendí para qué me ofrecieron el papel, y yo contesté:

-         No, gracias, sólo voy a hacer pipí.

 

Ahora, ya entradita en años entiendo la cara de sorpresa con la que me miró la chica que me lo  ofrecía. Ahora lo ofrezco yo, mira que curioso caso de solidaridad femenina, ofrecer papel higiénico... No te digo yo... Como el que ofrece papel para liar...

 

El caso es que 15 días después de aquel incidente tuve mi primer periodo.

 

La escena fue dramática, la recordaré toda mi vida, junto con los partos de mis hijas. Un sábado por la mañana, acababa de ver Cajón Desastre. No se si recordaréis aquel programa para niños en el que la guinda final era ver a Miriam Díaz Aroca con unas mayas de colores imposibles mientras unos niños con cara de no haber roto nunca un plato le hacían el culo morado a pellizcos. Pues después de mi sesión mañanera de dibus y concursos acrobáticos vino a verme la roja, que ojalá hubiese sido nuestra selección, más alegría me hubiera llevado. Cuando vi aquel desaguisado llamé llorando a mi madre y creí que el mundo se me venia encima... ¡Adonde iba yo con eso! Al día siguiente tenia que ir a mis clases dominicales, con  mis amigas de 10 años que su mayor preocupación era si la Barbie la montaban en el Ferrari o en el Pequeño Poni. ¡Vaya pastel!

Recuerdo que aquel domingo rocé con mi trasero todas las paredes de la parroquia para que nadie viese mi retaguardia, y yendo al baño cada 15 minutos para ver si se me notaba algo. Tenía la sensación de llevar la compresa pegada en la frente. Creo que fue la única vez en mi vida en la que de verdad me acerqué a tener un brote sicótico.

Pues bien, yo me sentía de todo menos mujer... ¿Qué es sentirse mujer? Yo todavía voy buscando la respuesta.

En ese momento me sentía un bicho raro, como me he sentido así muchísimas veces desde entonces, quizá sea eso sentirse mujer.

Me venían a la mente escenas de películas idílicas en la que la madre va como flotando hacía su hija y le dice... – Mi niña ya se ha hecho mujer.- O la canción de Julio Iglesias mediante la cual todo el mundo nos enteramos que Chábeli había tenido su primer periodo... Eso sí me habría dado vergüenza a mí, ¿ves? Y ella tan orgullosa... Quizá ella en ese momento sí se sintiera  mujer.

Yo me quería morir de vergüenza y punto. No recuerdo ninguna otra sensación, ningún otro temor, vergüencita a raudales era lo que yo tenía.

 

Afortunadamente aquel domingo pasó como cualquier otro, y los días siguientes también y nadie dijo nada. Y yo tenía la esperanza de que al mes siguiente mi periodo no se acordara de mí, deseaba que aquella hubiese sido una anécdota sin importancia y que hasta los 13 o 14 años me dejaría en paz jugando con mis Barbies y mis Pequeños Ponis, pero no. La muy... llamo puntual al mes siguiente, como el anuncio... – ¡Hola! Soy tu menstruación.-

¡¡Cuanto daño nos ha hecho el marketing a las mujeres!!

Y así por los siglos de los siglos... O por lo menos hasta la menopausia.

 

Lo más surrealista que recuerdo de aquel desafortunado fin de semana fue que mi madre me dijo... – Ahora ya sabes que tienes que tener cuidado con los chicos.- Que tu madre te diga eso con 10 años es algo que todavía no he podido digerir. Todavía tengo pesadillas por las noches. Pero claro, después ves las estadísticas de embarazos en adolescentes y la verdad es que entiendo la preocupación de la mujer. Pero con los años... Todo eso se entiende con los años...

 

Cuando ya empezaba a acostumbrarme a mi nueva situación vino otro hecho dramático. El día en que mi madre me dijo: - Nena, habrá que comprarte un sujetador, ¿no?-  Yo la verdad es que no me veía con mis amiguitas preadolescentes con cuerpo de anguila y yo con sujetador. ¿Se me notaría detrás de la ropa? La respuesta que le di a mi madre fue un NO rotundo, que yo no necesitaba eso. Jolín si lo necesitaba... Llegué a la talla 100 en un suspiro desde que compré el primero. Eso sí, deportivo, para que no se notara nada. Ya ves, y ahora elijo escotazos y lo luzco con orgullo. Y a los cuerpos de anguila los miro con ascazo, más que nada porque las que entonces me miraban a mí como a un marciano por tener tetas, ahora ellas se las ponen de silicona... La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ¡hay Dios!

 

El caso es que yo sí me sentía como un marciano. Mis hormonas bullían dentro de mí produciéndome acné, tetas, vello, curvas y altura. Y las otras seguían como anguilas, sin depilarse, sin sujetador, sin compresas y bajas. Le sacaba dos cabezas a muchos chicos de mi clase... Que todavía me miraban más marcianamente que las chicas. Eso por no contar con el graciosillo de la clase que descubrió mi camuflado sujetador y se dedico todo el curso a estirarlo por sorpresa. Al final de curso le crucé la cara... Y me quedé tan a gusto... Pero entonces, después de sentirme rara todo el curso ya me importaba menos lo que pensaran los demás. Al fin y al cabo todas acabarían viniendo donde yo ya estaba tarde o temprano.

 

Lo curioso de todo esto es que después de algunos años, ya hablando con confianza y preguntando a qué edades habíamos tenido el periodo, resulta que las que lo tuvieron mucho mas tarde que yo lo pasaron peor porque se consideraban como retrasadas...

Así es que la vida de las mujeres ya empieza siendo una completa paradoja. Mal por precoz, mal por tardía... Siempre intentamos ser perfectas y hacer lo que los demás esperan de nosotras, hasta la primera vez que tenemos el periodo.

 

La época del colegio la recuerdo con ciertos sentimientos encontrados, la etapa en la que todavía conectaba con la gente de mi entorno y la etapa en la que no. No me extraña que existan un sinfín de libros que tratan el tema de la adolescencia para padres. Yo recuerdo aquella época como una continua paradoja así que para mis padres más. Pasas de tener en tu casa viviendo a tu niñita bonita que te llevas a todos los sitios y que vistes con vestiditos a tener una completa extraña bajo tu techo, con unas tetas más erguidas que las tuyas y utilizando mejores compresas (o tampones) que los tuyos porque salen con un anuncio más vistoso en la tele.  De repente el baño se convierte en su fortín. Pasan horas y horas en la ducha y frente al espejo, probándose cosas y más cosas y maquillándose como puertas para, según ellas, salir a dar una vuelta con las amigas... ¡Ya! Con las amigas... Y a ver qué haces... No puedes someter a tu niñita a un interrogatorio de tercer grado cada vez que sale de casa.

Para comprender un poco más la situación, y ahora que soy madre, y siempre desde mi criterio, creo que deberíamos ponernos un poco en su situación. Yo recuerdo que en aquella época siempre estaba como enfadada. No con nada en concreto, con el mundo en general y esto me resultaba muy incómodo y más incómodo todavía me resultaba tener a mi madre detrás todo el día preguntado “qué te pasa” y “porqué vas todo el día con esa cara de perro”. Y yo cansada de contestar continuamente: - Jolín, mamá, y yo que sé! Déjame en paz. ¡Y era verdad, yo no lo sabía...! Me hubiese gustado que mi madre me hubiese creído, pero claro... Ya veremos si creo yo a mis niñitas...

 

 

 


Etiquetado en La vida y sus paradojas

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